Entrevista a Guadalupe de la Vallina

Fotógrafa madrileña, Licenciada en Comunicación Audiovisual con Máster en Humanidades, trabaja para la revista Jot Down -exitoso magazine cultural en el que realiza reportajes y fotografía a entrevistados ilustres- y para quien requiera sus servicios. Casada y madre de un niño de dos años, en esta entrevista realizada por Pablo Alfama en exclusiva para nuestro blog nos habla de su experiencia como madre y profesional, de su trabajo y su vocación. 

Guadalupe de la Vallina (Lupe para los amigos)
Has tenido tu primer hijo antes de los 30. Pronto para lo que se estila hoy en día, siendo trabajadora, ¿no?
 Bueno, 28 años no es tan joven, sobre todo desde el punto de vista biológico. No he visto nunca el sentido de esperar para las cosas que tienes claras: cuando supe que Stefano era el hombre de mi vida, me casé con él (24 años) y cuando tuve un contrato fiable me intenté quedar embarazada, aunque tardé un par de años -no vienen cuando quieres-. Sabía que esperar más no tenía sentido porque nunca es un buen momento laboral para tener un hijo. Pero es que, encima, mi mejor etapa laboral empezó cuando estaba de 3 meses, así que imagínate de qué sirve calcular...

Y a raíz de la difícil compaginación entre maternidad y trabajo, salió el concepto de "madre ninja", de tu invención. ¿Podrías definirlo?
  Soy hija única y no vivo cerca de mis primos pequeños: nunca he visto criar un bebé. El embarazo, parto y crianza me parecen una película de acción delirante (además de algo muy bonito). Cuando Sam nació, tuve que desarrollar unas habilidades que me parecían sobrehumanas. Lo de “madre ninja” se me ocurrió cuando me vi dando el pecho con el niño apoyado en un cojín mientras con las manos editaba fotos y respondía a whatsapps sin haber dormido más de tres horas seguidas desde hacía semanas. También porque solo descubres qué es el silencio auténtico cuando tienes que atravesar una habitación sin despertar a un bebé.

De todas esas dificultades, ¿cuáles te han resultado más duras de solventar?
 Decidir qué es realmente importante en cada ocasión, porque un niño pequeño demanda atención constante por parte de la madre y tienes que entender cuándo te necesita de verdad y cuándo puedes ser prescindible. Como ir a una presentación cuando está un poco enfermo: ¿me necesita o está bien con su padre?, ¿perderé la ocasión de hacer contactos profesionales importantes?
 El otro aspecto difícil es el tiempo: la guardería cierra a las cinco (en horario ampliado) y me parece muy pronto para dejar de trabajar, pero tengo que hacerlo. Hay que saber renunciar a cosas: hace poco vi un concurso para ir a estudiar fotografía varios meses a París, una oportunidad increíble para profundizar en aspectos que me interesan. Si no tuviera un hijo me presentaría, pero...

                                        Lupe y su hijo, Sam.                                            
De tu respuesta se intuye que asumes con normalidad que la mujer tiene más dificultades que el hombre a la hora de compaginar lo familiar y lo profesional. Esto, como sabemos, provoca no pocas desigualdades en el ámbito laboral. ¿Cómo crees que podría mejorar esta situación?
 Creo que hay que empezar por ser realistas: el bebé busca a la madre, y además la necesita mucho más intensamente que al padre durante los dos primeros años. Eso no es culpa de nadie, ni podemos imponer que cambie. Las mujeres hemos aprendido que tenemos derecho a desarrollarnos igual que los hombres pero nos encontramos con un bebé por el que daríamos la vida entera que no nos deja movernos.
 No tengo una solución clara porque no la tengo ni para mí. Cuando volví (tras la baja por maternidad) a mi trabajo previo a Jot Down, en una ONG con horario de oficina, mi hijo tenía 4-5 meses. Era pequeño, seguía con lactancia... Fui incapaz de seguir trabajando de 10 a 20, que era lo que hacía antes. Hacerlo de 9 a 18, por ejemplo, suponía estar solo dos horas al día con mi hijo: al final pedí jornada reducida. En cambio, un hombre, que no tiene el tirón hormonal (que es muy, muy fuerte), vuelve a su trabajo con normalidad después de ser padre. Entiendo que para un jefe no sea inmediato ignorar esa diferencia, pero sería lo justo.
 Además, creo que es importante pensar en el equilibrio de los niños: pocas cosas desestabilizan más a una madre que la tensión de no estar dedicando el tiempo imprescindible a su hijo, y pocas cosas desestabilizan más a un niño que una madre con ese conflicto. Todo lo que pueda ayudar a evitarlo, bueno es: guarderías en el trabajo, ver la lactancia en cualquier lugar como algo natural... Y también es importante la implicación de todo el tejido social íntimo: amigos, familiares, el pueblo entero que hace falta para criar a un niño...

Siguiendo con el tema de las desigualdades laborales, ¿qué incidencia observas en el ámbito de la fotografía?
 Pues la verdad es que no lo sé, porque trabajo sola: no comparto mi día a día con fotógrafos con los que compararme... Es difícil de valorar; no sé las veces que no me han llamado porque a lo mejor en la ocasión anterior me fui a acostar a mi hijo y no me quedé a tomarme una copa... Cosas así. Yo estoy muy satisfecha: en mi revista estoy muy bien valorada y todo lo que hago es porque los clientes acuden a mí. ¿Sería mejor si fuera hombre? No lo sé...

Precisamente, el mundo de la fotografía está a veces bajo sospecha de sexismo por polémicas recurrentes como la sobreexplotación del cuerpo femenino con fines publicitarios...
 No tengo casi experiencia en el mundo de la moda pero creo que el ideal de belleza, en la mujer, es sexual, mientras que en el hombre tiene más que ver con la personalidad. Lo que veo de primera mano es que los hombres a los que retrato están satisfechos si salen interesantes, fascinantes, aunque salgan arrugas y defectos. Sin embargo, en las mujeres detecto más miedo a que se vean marcas de la edad: ser deseable coincide con ser perfectas y jóvenes.
Fernando Sánchez Dragó, fotografiado por Lupe para Jot Down
 Yo creo que en todos nosotros hay una contradicción: por una parte, nos gustaría ser independientes de las modas, gustarnos a nosotros mismos por lo que somos. Sin embargo, cuando nos vestimos o cambiamos la apariencia para acercarnos al ideal que propone la moda, nos sentimos increíblemente bien. Imagínate el siguiente ejemplo: una feminista convencida lleva a cabo una campaña contra la dictadura de la moda sobre las mujeres y se vuelve famosa; sale en redes, sale en la tele, sale en el periódico... La llama Vogue para una entrevista; la viste un estilista con ropa de Prada y Versace; la maquillan como una estrella de Hollywood; el fotógrafo le pide que abra los labios y levante el mentón mirando a cámara, creando un efecto sensual... Después, retocan la foto para disimular ojeras y caderas. Se mira: está fantástica. Se encanta, se siente una ganadora. Luego se sentirá mal por ello, claro, y tendrá razón. Pero esa contradicción está ahí. Por eso las mujeres, aunque estemos hartas de tener que mantenernos en un ideal inalcanzable, mucho más exigente que el atractivo masculino, no renunciamos a la esperanza de conseguirlo.

Entiendo que consideras que los hombres viven menos esclavizados por ideales de belleza irreales, pese al bombardeo de la publicidad o el cine con cuerpos de gimnasio...
 Desde hace años no leo revistas de mujeres, solo de hombres. Creo que vosotros sois más vagos y menos exigentes con vosotros mismos, así que, si os hablan de una dieta o de una crema de 60€, os reís y pasáis del reportaje. Por eso, al final, estas revistas acaban siendo más sanas. Las revistas de mujeres dedican todo su espacio a hacerte sentir insuficiente, de forma que puedan venderte los productos de los anunciantes.

Volvamos a tu trabajo: en tus retratos para las entrevistas mezclas con éxito lo realista con lo evocador. Háblanos de tu idea y de tu método.
 Lo que intento es retratar a la persona tal y como es, y para ello es necesaria verla de nuevo, como si fuera la primera vez, como si acabara de ser creada delante de mí. El punto de partida es lo que me asombra: pueden ser lo ojos, la silueta, una expresión sombría que se asoma de vez en cuando... Hago fotos desde distintas perspectivas hasta que encuentro eso que me asombra, que es como una veta que exploro y donde están las mejores fotos.
 Llevo un equipo muy reducido: una cámara con dos objetivos de focal fija (50 1,4 y 28 1,8) y un reflector para contrarrestar sombras si no las quiero y para iluminar la mirada, que para mí es importante. Coloco al retratado en lugares con buena luz, intentando que el fondo no solo no distraiga sino que lo enmarque bien, y -si posa- le pido que vaya haciendo varios movimientos hasta que pillo lo que me interesa. 

 ¿Siempre has querido ser fotógrafa?
No. Me gustaba mucho la foto desde pequeña pero no me parecía que fuera una opción laboral.

¿Y cuándo la descubriste como tal?
Cuando me llamaron de Jot Down y vi que era posible

Cuéntanos sobre tu trayectoria hasta entonces
 A los 18 años salí con un artista conceptual inglés. Arte conceptual, más abstracto imposible... Y él se estaba preparando para trabajar como tal, así que vi la luz: ¡se puede ser artista! Quise estudiar entonces Bellas Artes, pero mis padres me aconsejaron que, ya que no sabía dibujar y era una idea que me había surgido 6 meses antes de empezar la carrera, hiciera algo un poco más comercial como Comunicación Audiovisual. Yo acepté, pero mi intuición se mantuvo: quería ser artista. Lo que pasa es que, en la carrera, los que hacían fotografía eran muy modernos y muy técnicos, me sentía insegura con ellos, así que pensé que no era lo mío...
Viggo Mortensen, fotografiado por Lupe para Jot Down          
  Al terminar la carrera me casé con Stefano. Él tenía trabajo en Venecia y me encantaba la idea, así que busqué allí y acabé organizando durante un año un congreso internacional de Derecho Canónico (¡ojo!). Fue maravilloso y aprendí muchísimo, aunque yo de Derecho Canónico no tenía ni idea, claro...
Luego volvimos a España y trabajé en una agencia pequeña de comunicación y publicidad que resultó ser un lugar poco fiable. Me engañaron con el contrato y me acabaron echando junto a otras tres personas.
  Después me llamaron de una ONG que se llama CESAL. Encajamos muy bien porque realmente es una gente espectacular y el trabajo que hacen es maravilloso. Lo que pasa es que me pudría trabajando en una oficina con horario y empecé a ver que no era lo mío... 

Y entonces apareció Jot Down...
 Sí. Empecé a ser activa en redes sociales y por esa vía entré en contacto con ellos. Mis primeras entrevistas para la revista las hacía al salir del trabajo, y ya estaba embarazada... Cuando llegó Sam pasé un año en el que no descansé JAMÁS. Literalmente. Para alcanzar un sueño hace falta sacrificarse. Pero en parte no me costaba, me pasaba las noches currando feliz.
 Luego JotDown me ofreció contrato y dejé la ONG para dedicarme a la fotografía. No sabía si iba a durar dos meses, pero me arriesgué...

Para terminar, ¿qué consejo podrías dar a los alumnos con inquietudes artísticas que no tienen claro cómo enfocar su futuro?
 Que miren a qué dedican su tiempo libre con pasión y se planteen si eso existe como profesión. Que piensen que lo bueno de la crisis es que, total, no te vas a hacer rico con nada y un contrato indefinido no es garantía de nada; ya que estamos, arriésgate.
 Por último, es muy bueno seguir a la gente que hace lo que crees que puede ser lo tuyo, ver cómo trabajan, incluso tratar de conocerles... Ver la realidad y el día a día de una profesión te ayuda a entender si te encaja y si es factible.
 Y, sobre todo, ¡que tengan confianza en ellos mismos!


Más información sobre Guadalupe de la Vallina y su trabajo en su web: http://hellolupe.com/
 Fotos cedidas por la entrevistada. 


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